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Me he sentido como diente de leche, como lágrima fuera del lagrimal.
No quiero rodar por la mejilla de la indiferencia, ni recoger la rutina.
La “habitación propia” solo para los nexos imaginarios pegados a la suela del zapato, a la lengua de la palabra, al silencio obligado de no ser propietaria de qué.
¿Dónde estará el lugar hacinado para una promesa que recoja mi descanso, mi desconcierto, mis sorpresas?
¿Cambiar de residencia cuando uno creía residir?
Una apatía distinta recorre la gónada a la arcana reconciliación del recogimiento detenido en la mirada no reconocida.
La ineludible certeza de ser una transmutación del habla. Sobre la escritura reposa el escenario del invento y de lo que no debe olvidarse.
Negamos lo que es cierto.
Contradigo a todo lo que sea capaz de hacer sufrir.
Todo puente lleva, -y en ese intermedio donde sientes que la vida cuelga-, estate pendiente. El puente no es todo. Hay que cruzarlo o por lo menos soportar el abismo mientras avanzas. No lo cubras de suicidio ni de estoicismos...
Todo significa un riesgo permanente. Una gloria desnuda de tumba, un sueño estupefacto jalado por el cadáver de la paz. Mi vida son actos poblados de detalles, de anhelos incompletos que disipan la candidez de la deshora.
Un cielo cubierto de estrellas sostiene la ciudad convertida en azar. También repartos.